Y los problemas generados por los monopolios de conocimiento
Rafael F.Font y Pau Simó – Jóvenes Verdes
Artículo publicado en Green Economy, A Youth Perspective
Nos dirigimos a una Economía del Conocimiento, lo que supone que en el futuro la Economía dependerá de productos y servicios relacionados y derivados del conocimiento, la cultura y la información. Para impulsar la innovación y mejorar la competitividad, necesitamos incrementar los flujos de información y abrir el conocimiento para que todos podamos disfrutar de sus beneficios.
Sin embargo, los países ricos se están aprovechando de monopolios de conocimiento para incrementar la brecha Norte-Sur. La estrategia de las compañías multinacionales está fundamentada en distribuir sus productos en los mercados emergentes, utilizando para ello el dumping o distribuyendo el producto gratuitamente.
Las transnacionales informáticas intentan extender la hegemonía de sus sistemas operativos o plataformas alrededor del globo. Logran difundirlos y estableceros como estándares de facto, aprovechándose de negocios “piratas” e incluso fomentándolos. Posteriormente amenazan a las autoridades locales con importantes sanciones económicas si no se “legalizan” sus productos comprando las licencias abusivas de las multinacionales.
Como consecuencia de todo esto, el emergente sector informático que existe en estos países, si logra desarrollarse finalmente, estará desde el primer momento en manos de una empresa extranjera. Así, los beneficios saldrán del país, conjuntamente con las oportunidades para el desarrollo económico local.
El sistema de patentes también está destruyendo las posibilidades de un desarrollo igualitario: un país pobre será incapaz de pagar por los derechos para usar las tecnologías patentadas por los países ricos. El mismo problema en una escala diferente aparece entre las pequeñas y grandes empresas. Una gran empresa tiene medios suficientes para permitirse registrar patentes, y para litigar y defenderlas. Al contrario, una PyMe carece de recursos para pagar estas licencias, registrar patentes o combatir judicialmente.
Las empresas de alimentación utilizan una técnica similar: abusan de la propiedad intelectual con el objetivo de abrir nuevos mercados. Empiezan registrando mecanismos y productos en los países desarrollados para posteriormente amenazar a los campesinos en el tercer mundo con ir a juicio si utilizan “sus” productos patentados (sin importar si dicho producto ha sido utilizado localmente con anterioridad). Finalmente, las corporaciones controlan el mercado, dónde únicamente se vende su producto.
En el modelo competitivo actual, las compañías ocultan sus conocimientos y éxitos, buscando su beneficio individual. Las patentes se convierten en monopolios de conocimiento, y son fuertemente criticadas cuando se refieren a asuntos conocidos como los medicamentos contra el SIDA, o más recientemente contra la gripe aviar o porcina. El número creciente de patentes y las restricciones que suponen al conocimiento libre crean graves desigualdades, contribuyendo a mantener la sociedad injusta en la que vivimos.
Para defender las patentes y el actual sistema internacional de registro, se sostiene que sin ellas no habría incentivos a la investigación y la mejora. Sin embargo, lo que actualmente están haciendo estas patentes es cerrar un camino, bloquear una idea con el objetivo de obtener un beneficio económico de ella, y esto se hace a costa de frenar la innovación. Michele Boldrin y David K. Levine, autores del libro “Contra el monopolio intelectual”, demuestran que lo que realmente impulsa la innovación es intercambiar y copiar ideas, antes que restringirlas.
En la actualidad el desarrollo tecnológico se suele medir por el número de patentes registradas. Esta idea es totalmente contraproducente, de hecho provoca un bloqueo económico, y debe ser sustituida por un indicador distinto. Diversos estudios y experimentos están demostrando que la “economía del compartir“, es decir, compartir los conocimientos, es económicamente más beneficioso que las actuales restricciones establecidas por el sistema de patentes y de propiedad intelectual.
A pesar de esto, multitud de gobiernos, empresas, y sociedades de autores, conjuntamente con los medios de comunicación, están intentando dotar a la idea de compartir de connotaciones negativas, estableciendo una conexión alarmante entre este término y la piratería. Estos dos conceptos, completamente opuestos por naturaleza, se han enlazado emitiendo hacia la sociedad la falsa y perniciosa imagen de que los usuarios del conocimiento y la información están infringiendo las normativas de patentes, robando y pirateando productos.
En el colegio, enseñamos a los niños a compartir, creyendo que es esto positivo para su educación, así como para la cultura, la investigación y el desarrollo. Pero en los negocios funciona el modelo opuesto, competitivo y restrictivo, y que por tanto no beneficia a la sociedad. Se criminaliza a los ciudadanos (y los que más compartimos a través de Internet somos los jóvenes) para defender el crecimiento económico de un pequeño número de empresas, que obtienen grandes ingresos a expensas del beneficio colectivo. La legislación actual olvida el significado de la justicia social y evita que la sociedad aproveche el conocimiento que ella misma ha generado. El sistema favorece a un pequeño grupo, perjudicando al resto e infringiendo derechos humanos básicos.
Oportunidades Económicas de abrir el conocimiento
Compartiendo, todos mejoramos. Esta idea puede defenderse desde un punto de vista filosófico, explicando que la confianza en el trabajo en común ayuda a la mejora de la comunidad. Pero también se puede explicar desde un punto de vista económico, y la Teoría de Juegos utiliza el Dilema del Prisionero para explicar los beneficios de la cooperación. La solución a este dilema muestra como un participante puede obtener un beneficio individual máximo si compite, pero el mejor resultado colectivo se logra si todos los participantes cooperan. En el campo de la informática, el software libre es un gran ejemplo de lo que puede conseguirse compartiendo. El sistema operativo Linux, el navegador Firefox, o el servidor web Apache, son los mejores ejemplos de una larga lista de estupendas aplicaciones creadas compartiendo el código fuente. También se ha demostrado su éxito económico. La mayor parte del software libre y/o abierto puede descargarse gratuitamente en Internet, dado que las compañías que lo ofrecen no basan su negocio en la venta de software sino en los servicios relacionados.
Entonces, ¿de dónde salen los beneficios económicos de las compañías dedicadas al software libre? Tomemos Red Hat como ejemplo: una compañía que distribuye Linux y a la vez cotiza en Wall Street. Su modelo de negocio se basa en ofrecer un servicio especializado, formación, y servicios para integrar Red Hat con otras herramientas. Obtienen dinero de los servicios asociados y, a la vez, contribuyen a la comunidad mejorando Linux. Cuanto mejor sea Linux, más usuarios tendrá y más soporte técnico, formación y servicios se necesitarán, y por tanto más rentable será la empresa. Red Hat ha enlazado sus beneficios económicos con la contribución al bien común.
Existen otras compañías especializadas en productos libres. El software está disponible para que cualquiera pueda instalarlo, pero lo que los clientes quieren no es sólo el producto, sino también a los expertos, que son los que aportan el valor añadido (su conocimiento). Esta consultoría es lo realmente único, por lo que sí merece la pena pagar. El sistema operativo puede ser copiado con un coste cero, pero la hora de trabajo de un consultor especializado no puede copiarse. Si en lugar de por la consultoría, las empresas tienen que pagar por las licencias de uso, su progreso tecnológico es mucho menor. El software libre les permite ahorrar dinero en licencias e invertirlo en formación o en contratar a más personal especializado.
Desde un punto de vista tradicional, el hacer negocio se basa en la competición, en tener un rival a quien derrotar, en ocultar información y utilizarla para el beneficio propio. Los Verdes debemos defender un modelo económico donde todos obtengamos un beneficio, y que este modelo se base en la disponibilidad del conocimiento para todos. Un ejemplo práctico es el llamado Open-Business. Este modelo permite a las PYMEs enfrentarse en condiciones similares a las grandes empresas, garantizando así que el negocio se centre en el bien común, antes que en el beneficio de un grupo de accionistas.
Si nos librásemos de las patentes y de los monopolios de las ideas, podríamos también obtener un beneficio directo para el medio ambiente y para el planeta, especialmente si hacemos que las tecnologías verdes sean abiertas y gratuitas. En el contexto actual de negociaciones Post-Kyoto, hay planteada una cuestión relacionada con la transmisión de tecnologías verdes a los países en vías de desarrollo. Abriendo estas tecnologías, lograríamos que estos países desarrollaran energías libres y verdes, en lugar de utilizar las basadas en el carbón, sin hacerles pagar las licencias de uso.
Esto no es aplicable únicamente a los países en vías de desarrollo, sino también a escala global. Por ejemplo, la iniciativa “Eco-Patent Common” pretende recopilar patentes que persiguen la conservación de la energía, la prevención de la contaminación, y la mejora en los procesos de reciclado, para otorgar licencias de uso sobre las mismas y distribuirlas públicamente de forma gratuita. Si las tecnologías verdes fueran abiertas, el mundo estaría agradecido.